Por Emma Briones

Manel Estiarte (Manresa, 1961)  lleva catorce años sin echarse a la piscina. Sin embargo, la admiración por su hermano mayor le ha llevado a pasar más de 30 años dentro del agua. Durante esos años se convirtió en uno de los mejores jugadores de waterpolo del mundo, participando en seis olimpiadas y llevándose el oro en Atlanta ’96.

A mí me han dicho, no me acuerdo, que lloraba mucho en el agua, no me gustaba. Yo el agua, la verdad sea dicha, la detesto bastante, incluso ahora me da miedo.

Acabaste en la piscina
Yo era el pequeño y mi madre, por comodidad, como los mayores eran nadadores, entré también en el CN Manresa para aprender a nadar.

Entonces, ¿que te llevó a jugar a waterpolo?
Fue el amor por mi hermano Albert, yo quería hacer lo que hacía él. Él jugaba a waterpolo, yo quería hacer waterpolo. El jugaba con el equipo infantil, yo quería jugar con el equipo infantil… Y jugué, jugué y lo superé, lo dejé atrás pobre [ríe]. Yo creo que mi hermano quiere más el waterpolo que yo, pero yo hice waterpolo por él.

Pero empezaste como nadador.
Yo era campeón de España infantil de 200 y 400 estilos. Yo era nadador, yo entrenaba natación, yo iba a los campeonatos de natación. El viernes por la tarde, si habíamos entrenado bien durante la semana, el entrenador nos dejaba jugar con el balón.

¿Cuándo te pasaste de la natación al waterpolo?
Hubo un invierno que fue muy clave, me clasifiqué para la única competición internacional, el Ocho Naciones. Era un sueño ir con la selección de natación. En el calentamiento, ¡pum! Golpeé y me rompí la mano. Lloré mucho, no pude ir a ninguna competición durante un mes. Y con la primavera, llegó Pepe Brascó, que fue muy listo y me cogió con la absoluta.

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Y sólo tenías 15 años…
Yo era un chavalín de 15 años, de repente con la absoluta, en los Campeonatos de Europa de Jönköping (1977). Hubo críticas, yo era muy joven, y había jugadores mucho más buenos que yo, pero Brascó se la jugó y siempre le estaré agradecido.


Cuando volví de allí ya decidí que dejaba la natación por el waterpolo. Fui consciente de que tenía talento para el waterpolo, Brascó me ofreció un caramelo, y piqué.

Fue toda una experiencia.
De repente, tener la oportunidad de salir de Manresa y que te digan mira lo que hay en el mundo, que te cojan y te lleven a los campeonatos de Europa. Llegar y ver a De Magistris, que los jóvenes de ahora no le conocen, pero yo leía sobre él, y estaba allí, con otros grandes waterpolistas. Yo era un niño, y pude tocar por primera vez el WATERPOLO. Para mí aquello fue mi “BIWPA”.

¿Te hubiera gustado tener a BIWPA entonces?
Ojalá lo hubiera tenido, pero no existía. Sin embargo, aquella competición y BIWPA al fin y al cabo es lo mismo: es waterpolo, es pasión, emoción, contacto…

Has tenido una carrera espectacular, ¿con qué te quedas?
Cuatro años después de perder en Barcelona ’92, y de nuevo nosotros, los mismos, en Atlanta, y pitan final del partido. En aquel momento nuestros sentimientos eran como una patada al corazón, se acabó el partido y nos abrazamos entre nosotros.

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El Oro olímpico.
No es que tenga un valor diferente, la medalla olímpica es la misma entonces que ahora, pero la amistad entre nosotros, las ganas de revancha después del daño que nos hizo Barcelona ’92. 25 años de selección, 30 años de waterpolo y toda una vida dentro del agua. Pero si tengo que escoger un momento, es aquel.

Llevas ya unos años alejado del waterpolo…
Yo tenía muy claro que lo quería dejar en Atlanta, a los 36, y esos 4 años posteriores, sirvieron como si fueran 20, me chuparon todo lo poco que me quedaba. Mi madre me decía que lo echaría de menos, y yo sabía que no. No he nadado nunca más, llevo 14 años sin echarme a la piscina.

¿Porqué?
Porque se acabó. Aquello tan maravilloso que fue mi vida, pero que era parte de mi vida, fue espectacular, en todos los sentidos. Seguramente hubiera podido hacer más, pero lo hubiera hecho desmotivado, seguro. De vez en cuando vengo a ver un partido y a los dos minutos sé decir qué funciona y qué no, quién es bueno y quién no lo es. Lo tengo dentro.

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¿Cómo se ve el waterpolo actual desde fuera?
Los que amamos el waterpolo está claro que siempre amaremos el waterpolo, pero está claro que nuestros ojos ahora nos dejan ver que el waterpolo sea este. El waterpolo que yo había visto en blanco y negro, el de los años 40, 50 , 60, se parece más al waterpolo de hoy, y aquí hay algo que no encaja.

¿Hay que hacer cambios, como pretende la FINA?
Hubo un momento en el que se tenían que haber hecho, entre el 2002-2004, había una tendencia al waterpolo que estaba cambiando, no sé mejor o peor, pero estaba cambiando. Está claro que si ahora veo una final olímpica Yugoslavia, España, Hungría, Italia…, me encantará, porque vemos talento, esfuerzo, facultades, emoción… Pero si miro todo lo demás, hay algo que no me encaja, el waterpolo actual no me hace sonreír. Estoy convencido de que de 50 niños que vayan a ver por primera vez el waterpolo, 46 no se engancharan.

Algo falla.
En todos los deportes, si les das la pelota a los niños, ellos la cogen y quieren encestar o marcar un gol, porque todavía no existe la táctica, no existe la defensa. En waterpolo igual. Tú metes a los niños en una piscina con una pelota, y van directos a la portería. Esto es la base del deporte. A los niños pequeños si los llevas a ver este partido, te dicen “¿Y porqué no tiran papá?” ¿Y que les explicas? “No, hijo, es que si tiras, hay una estadística de posibilidades que…” Y siempre es no, gol ahora no.

En waterpolo se espera.
El porcentaje del waterpolo del 80% es llego y me coloco. Pierde algo de la naturaleza del deporte. Me encanta, lo amo con locura, pero hay algo de la esencia del waterpolo que se me escapa, que no encaja. El waterpolo es un deporte que lo estamos educando mal.